Dandies y Dandies

Dandies y Dandies

Qué deliciosos son los dibujos de Grego! Con esa loca perspectiva y crudeza en el color, tienen sin duda sentido del estilo y revelan, con una delicadeza no exenta de seguridad, más que ningún otro documento o registro, el espíritu de los días de Brummell. Grego me conduce, como hizo Virgilio con Dante, a través de los misterios del otro mundo. Me muestra esos caballeros de cuello duro, ensombrerados, enfundados en prietos chalecos, bebiendo borgoña en el Café de las Mil Columnas o montando a caballo a través del pueblo de Newmarket sobre sus gordas monturas, o jugando en el Crockford. El Cuarto Verde de Grego en la Opera House siempre me causa deleite. La manera formal en la que la Srta. Mercandotti se yergue sobre una pierna para el placer de Lord Fite y de Ball Hughes; la seria mirada dirigida por Lord Petersham a la linda y traviesa señorita que está arreglando su lápiz de labios bajo el candelabro; el desenfrenado decoro de la Sra. Hullin y la decorosamente distante depravación del Príncipe Esterhazy, conforman una escena encantadora. Pero, de toda la colección, el cuadro más iluminador es ciertamente el del Baile en Almack. En el fondo, dos pequeñas figuras bajo las cuales, al margen, están inscritas estas espléndidas palabras, Beau Brummell en animada conversación con la Duquesa de Rutland. La Duquesa es una niña vestida de rosa. Beau, con la cabeza vuelta, su barbilla alzada sobre el cuello, un pie adelantado, los dedos enguantados de una mano asiendo ligeramente su chaleco representa, de hecho, la esencia de una pose.

En esta, como en todas las imágenes conocidas de Beau, nos sentimos impactados por la absoluta simplicidad de su atuendo. Los “incontables anillos” adoptados por D’Orsay, la multitud de cadenitas de oro “cada una de ellas más ligera que un hilo”, que Disraeli amaba insinuar desde un bolsillo al otro de su chaleco, habrían parecido vulgares en Brummell. ¿No es en su fina ausencia de accesorios donde podemos adivinar este primer indicio del moderno dandismo, esa generación del más supremo efecto a través de los medios menos extravagantes? Es en la congruencia de su ropa oscura, en la rígida perfección de su tejido, en la simetría de su guante con su mano, donde reside el secreto de los milagros de Brummell. Siempre fue austero y escrupuloso. El tratamiento lo era todo en él. Incluso Grace y Philip Wharton, en su libro acerca de las bellezas y curiosidades de su época, hablaron de su vestidor como de “un estudio en el que diariamente componía ese retrato elaborado de sí mismo que sería exhibido en pocas horas en los clubes de la ciudad”. Brummell era, en el sentido más absoluto de la palabra, un artista. Ningún poeta, cocinero o escultor merecieron ese título más dignamente.

En realidad, fuera de su arte, Brummell tenía una personalidad de una insignificancia balzaquiana. Hubo dandies, como D’Orsay, que fueron pintores aficionados; pintores como Whistler que desearon ser dandies; dandies como Disraeli que decidieron seguir un camino menos difícil. Yo presumo que Brummell fue un Dandy, nada más que un Dandy, desde la cuna hasta el sombrío día en que perdió su personaje y tuvo que huir del país. Incluso hasta el lejano día en el que murió, un exiliado roto, en los brazos de dos religiosos. En Eton, ningún chico tuvo tanto éxito como él en evitar la estricta alternancia de estudio y gimnasia a la que forzamos a la juventud. Una vez aterrorizó a un profesor, llamado Parker, al decirle que el cricket le parecía una estupidez.

En otra ocasión, tras escuchar una regañina del jefe de estudios, desarmó al educando haciéndole ver la asimetría del cuello de su camisa. Incluso estando en Oriel, fue incapaz de ver algo de buen gusto y se alegró de abandonarlo, al final de su primer año, para ocupar un cargo en el Décimo de Húsares. Tampoco le fue bien en su experiencia en el ejército. A pesar de que los miembros del Décimo eran elegidos personalmente por el Regente y gozaban de favores especiales, Brummell no podía soportar vestirse igual que sus camaradas. La visión de sí mismo cuando entró en un restaurante repleto de espejos le causó tal impresión, que tomó una decisión que le costaría un nuevo disgusto. Un día, apareció en un desfile en una capa azul pálido con hombreras plateadas. El Coronel, disculpándose por el estrecho sistema que le obligaba a una misión tan penosa, le pidió que abandonara el desfile. Brummell saludó, volvió trotando al cuartel y, esa misma tarde, presento su renuncia. A partir de ese momento vivió libre de obligaciones.

Su debut en la ciudad fue brillante y delicioso. Le precedían comentarios e historias sobre su elegancia. Era rico. De todos era sabido que el Regente deseaba su proximidad. La Fortuna hacía girar más rápido las ruedas de su carroza y la Moda corría a su encuentro con sonrisas y rosas en St. James. Podía haber aprovechado todo ello vendiendo su alma a las alegrías de la sociedad. Pero pasó por encima de todo ello. Una vez que entraba en su suite, nunca salía del cuarto de baño, salvo por unas breves horas. Se cambiaba de atuendo tres veces al día y el tiempo medio de su aseo era de tres horas. El resto del tiempo lo empleaba en reunirse en concilio con su sastre o con el custodio de su guardarropa. ¡Una vida solitaria y dedicada!  Cierto es que iba al White o a las carreras sin desagrado. Mostraba una cierta condescendencia hacia los juegos traviesos al aire libre, aún de noche, con el Sr. Previte y algunos otros caballeros. Su fuga con una joven condesa del baile de Lady Jersey fue muy comentada. Se rumoreó incluso que, una vez, en compañía de algunos amigos, arrancó el timbre de la puerta de una tienda. Pero estas cosas no las hizo, con certeza, por ningún exuberante amor a la vida. Cuando menos, las veía como un saludable ejercicio del cuerpo y un combate contra la obesidad que, en su decadencia, se apoderó de él. Hasta el artista más dedicado se regala algunos momentos de relajación. Brummell se recreaba en esa esfera exaltada en la que su elegancia encajaba mejor con su temperamento: la esfera del mundo más bello. El General Bucknall solía exclamar desde la ventana del Club Guard que ese tipo solo valía para asociarse con sastres. Pero era tan sólo la falacia de un viejo soldado. Los verdaderos partidarios de un artista son aquellos que practican su propio arte, más que aquellos –sin duda honorables- que lo hacen adaptándolo para su práctica. Para los restantes, estoy seguro que Brummell no era desdeñoso, como habían sugerido. El sólo deseaba ser apreciado por aquellos mejor cualificados para valorar el esplendor de sus adquisiciones. ¿No muestra el pintor su obra en las galerías o el poeta declama sus versos en Paternóster Row? Brummell no tenía ninguna intención de competir. El era la moda. Incluso el Regente le consideraba un maestro en un arte al cual él sinceramente deseaba tener acceso.