El Littré francés define

El Littré francés define

“al seductor” como “aquél que seduce, que hace que el otro caiga en error o en falta”, como el corruptor. Para acabar confesando que “el espíritu seductor no es otro que el demonio. La seducción es diabólica. Entonces, ¿por qué esas evocaciones divinas? Es que el demonio es engañador, va “divinamente” disfrazado. Y, por si fuera poco, los disfraces del demonio son infinitos, y su actuación magistral. Si la seducción no es definible no es tanto por su carácter casi sagrado, por sus orígenes bíblicos, como por no ser visible. El seductor siempre está disfrazado, siempre está cambiando de máscara. Podemos hacer el retrato de un libertino del siglo XVIII. Pero, ¿cómo hacer el retrato de un seductor?

El seductor es, pues, hábil, falso, mentiroso, y la seducción conlleva el movimiento ondulante de la serpiente (dejemos la parálisis extática para la seducción como resultado de la acción del seductor, es decir, para los efectos en el seducido), supone una fuerza y un peligro que residen en su capacidad de esconderse. Seducir es, epistemológicamente, moralmente, vitalmente, “desviar del camino de la verdad, del camino del deber”, alejarse del discurso de la verdad, de la Palabra. Pero seducir es comunicar; hasta el silencio es comunicación artera. Seducir es subvertir la Palabra, es despojarla de su función para convertirla en instrumento de confusión, de incomunicación, de aislamiento.

El seductor es un actor en ambos sentidos, comediante, pero también hombre en acción, actante puro. Se define exclusivamente por su acción, cuya finalidad consiste en desviar al otro del buen camino, de la verdad, hacerle caer en el error o la falta; proceso que es llevado a cabo no por la violencia, sino por la sugestión, la fascinación, gracias al simulacro, a los artificios, a las apariencias, a la máscara, a un todo, un “no-se-qué” que el Littré denomina “el estilo de un seductor”. Seducir es “persuadir suavemente al mal”, según la bonita definición de la Real Academia. Para ser seductor hay que ser hábil y artificioso como la serpiente, y conocer el camino del alejamiento, de la separación, el camino que rodea… como el movimiento de la serpiente.

El Diccionario Robert emparenta al seductor con el encantador, con el mago; a la seductora con la sirena, la que hechizaba con su canto. Lo que supone poner en evidencia el aspecto “encanto irresistible”, la atracción y la fascinación del acto de seducción. Seducir es un misterio. Ser seducido aún más. El secreto puede ser el je-ne-sais-quoi, el “no-sé-qué”. Lord Chesterfield, en las cartas a su hijo, lo definió en su día como un “todo que está en cada parte”. Algo así. Porque lo cierto es que no sólo los hombres o las mujeres pueden ser seductores. Lo son tanto o más que sus partes (con perdón). Una mirada seductora, una voz seductora…

El seductor, a fuerza de fragmentación y ocultación (Kierkegaard, el filósofo, en su fascinante Diario de un seductor pone a su seductor en contraluz) se nos escapa, desaparece, como en las definiciones que antes veíamos. Por eso necesitamos de la mitología, de la literatura para concretar la seducción, para plasmar nuestro imaginario, nuestras figuras de seducción.

Así se nos presenta el seductor como el ser que domina el mundo de las apariencias, del simulacro, el mundo donde realidad e imagen se confunden; en definitiva, un mundo paralelo al mundo real, al mundo de la verdad, sin comunicación con él, o sólo en casos puntuales, así como el mundo del brujo, del mago, de la sirena, de las figuras mitológicas.